jueves, 3 de junio de 2010

Una expresión de amor: el Santuario Terrenal


Dios ordenó a Moisés, alrededor del 1225 a. C., construir el santuario en el desierto para dar una lección objetiva de las verdades espirituales y eternas.
El Santuario era el conjunto desmontable y portátil, integrado por un tabernáculo, una valla y otros utensilios de culto, que formaban un recinto sagrado; en él se tributaba el culto a Dios y se ofrecían sacrificios en especial para el perdón de los pecados.
El interior del Tabernáculo se dividía en dos estancias separadas por un velo. La primera, desde la entrada del Tabernáculo hasta el velo, se llamaba el Santo: en ella se encontraban la mesa de los panes de la proposición, el candelabro de los siete brazos y el altar del incienso. La segunda estancia, la más interior, detrás del velo, era el Santo de los Santos o Santísimo; contenía el Arca de la Alianza, que guardaba las dos tablas de la Ley dada por Dios a Moisés; el Arca tenía una tapa, el propiciatorio, con escultura de dos querubines encima, extendidas sus alas de uno a otro y mirándose mutuamente.
Delante del Tabernáculo, entre éste y la entrada del recinto sagrado, se encontraba el altar de los holocaustos y la pila del agua para la purificación, lugar conocido como el atrio.
Dios mandó construir este Santuario porque quería estar cerca de su pueblo. “Yo habitaré en medio de ustedes” (Éxodo 25:8). El vocablo ‘habitar’, que ha sido traducido de la palabra hebrea shakan, se traduce “habitar”, “morar”, pero tiene una connotación más profunda, ya que nos trasmite la idea de que Dios quiere ser nuestro vecino, desea estar cerca y gozar de nuestra amistad. Aún en estos días, para los israelitas un shaken es la persona cuya amistad se desea.
Por otro lado, la palabra hebrea shakan, está relacionada con otro vocablo hebreo: shekinah, se la utiliza para expresar la cercanía solemne de la presencia de Dios entre su pueblo. Era una neblina que quedaba entre los dos querubines del propiciatorio siendo la manifestación visible de la presencia de Dios. Solamente entraba al lugar Santísimo una persona: el sumo sacerdote; una vez al año: el día de la expiación (yom kippur)…debía confesar todos sus pecados, y los del pueblo, para no caer muerto ante la presencia del Altísimo.
La presencia de Dios le permitió, al pueblo de Israel, sobrevivir en el desierto. Les proveyó seguridad y tranquilidad ante sus enemigos; les dio paz frente a la incertidumbre; refrigerio durante el día mediante la nube; y calefacción a la noche por medio de la columna de fuego.
La presencia de Dios, aún hoy, nos permitirá sobrevivir en este mundo que viaja a pasos agigantados hacia el colapso. Nos dará la paz en medio de las vicisitudes de la vida. Será bálsamo para nuestras heridas, pañuelo para nuestras lágrimas, refrigerio para el corazón y calefacción en momentos de soledad.
Este santuario desarmable del desierto fue sustituido en tiempos del rey Salomón por uno no desmontable: el Templo; alrededor del 953 a. C. Este cumplía las mismas funciones que la tienda de la Reunión.
Pero un día, la sombra se encontró con la figura.

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